10.- CONTROL SOCIAL GLOBAL Y TECNOCIENCIA REPRESIVA.
Es conveniente que antes de desarrollar este capítulo entendamos que si algo caracteriza al capitalismo actual en lo relacionado con la tecnociencia es su necesidad ciega de acelerar la productividad del tiempo de trabajo, o si se quiere, llevar a sus últimas consecuencias la economía del tiempo de trabajo para facilitar la obtención del máximo beneficio capitalista. En este sentido, si algo caracteriza la valía permanente del análisis de Marx de las relaciones entre la maquinaria y la gran industria en el Cptº XIII del Libro I de El Capital (118), es haber demostrado que la obsesión del capitalismo por rentabilizar al máximo la productividad del tiempo de trabajo le lleva a la intensificación de la explotación y del control disciplinario que le es inherente aplicando la innovación tecnológica permitida y potenciada por "la extraordinaria elasticidad del régimen maquinista".
Esta misma inquietud, pero causada por razones opuestas y desde luego buscando soluciones antagónicas, sacudía los cimientos de todas las burguesías desarrolladas del momento. No podemos extendernos ahora ni en los múltiples ejemplos que así lo muestran ni en las teorías que relacionan, entre otros, las políticas estatales en educación y capacitación técnica, las necesidades productivas y los sistemas de control social de modo que resulte un sistema más o menos eficaz e integrado de potenciación de la economía capitalista, y por eso remitimos al lector al excelente texto de I. Brunet y A. Morell (119). Por ejemplo, volviendo a la época inmediatamente posterior a Marx y en el muy ilustrativo caso del Estado francés, P. Thuillier dice que:
"Del laboratorio a la fábrica, tal era el título de una obra publicada en 1904 por Louis Houllevigne, profesor de la universidad de Caen. Preocupándose por "el porvenir de nuestra economía", proclamaba "el carácter científico e industrial de la sociedad moderna". Según él, era necesario no solamente elaborar nuevos programas, sino "infundir a la enseñanza un espíritu completamente nuevo" y por tanto "abandonar la abstracción a ultranza, sueño de nuestros antecesores, para ir cada vez más a lo concreto, para mostrar la leyes naturales en acción en la misma naturaleza". Daniel Bellet, profesor de la escuela de Ciencias Políticas, desarrollaba en 1914 ideas análogas en su Evolución de la industria. Henry le Chatelier, en 1925, volvía sobre el tema en Ciencia e industria. Reconocía la alta calidad de los ingenieros franceses, pero lamentaba que descuidasen demasiado la ciencia en el ejercicio de su profesión: "no tienen fe en la ciencia, no están suficientemente convencidos de su importancia". Lo que le llevaba entre otras cosas a criticar la enseñanza tecnológica de la Escuela de Minas, que según él era ineficaz y engorrosa" (120).
A comienzos de la década de los treinta, Mumford, en su obligada obra ya citada, sostenía que: "Calculando el tiempo, elaborando las series económicas, creando una pauta ordenada de actividad, el ingeniero ha aumentado tremendamente el producto colectivo. (...) En estado bruto, la industria se enorgullece de su uso grosero de la potencia y de la máquina. En su estado avanzado se apoya en la organización racional, el control social, la comprensión fisiológica y psicológica (121). Mumford sacaba así a la superficie un serio problema que se agudizaría con el tiempo y que sería, a su vez, objeto de discusiones sobre la inevitabilidad o no del control social en toda tecnología.
No han faltado investigadores que apenas han prestado atención a esas cuestiones, pese a su innegable progresismo y aportaciones científico-críticas que en modo alguno debemos olvidar, como fue el caso de las críticas a la ciencia capitalista de J. D. Bernal a finales de los treinta y comienzos de los cuarenta (122), o de J. M. Fatáliev (123), o de S. Lilley (124), o que planteaban la "revolución científico-técnica" desde el optimismo propagandístico del socialismo soviético anterior a 1968, como es el caso de R. Richta (125). Sería muy conveniente aunque ahora mismo imposible, hacer una lectura comparada y contextual de estos y otros textos --por ejemplo las tesis de B. M. Kedrow, etc., sobre la evolución histórica de las ciencias-- con las tesis de Khun (126), en primer lugar, para poder hablar con algún rigor sobre la hondura y alcance de las críticas entonces planteadas, y, aunque a otro nivel, también con Feyerabend (127), con sus directas loas a Marx, Lenin, Rosa Luxemburg, Mao, etc. Otra cosa es comparar esos bloque críticos con las interpretaciones de Popper, Lakatos y otros, porque ya en este nivel de debate el problema que ahora tratamos, el de las relaciones de la producción capitalista con la tecnología y la ciencia, con la tecnociencia definitivamente desde esa época, es casi imposible de realizar porque estos últimos autores apenas se dignan ensuciarse con esos lodos.
Desde esta perspectiva, si ahora releemos el enorme texto sobre la revolución científico-técnica que recoge las más de cien ponencias presentadas a la Conferencia Teórica Internacional de mayo de 1979 en Moscú (128), vemos que junto a algunas críticas ciertas a cómo el capitalismo transforma y desvirtúa la ciencia y la tecnología, sin embargo existe una concepción de ambas que no supera cualitativamente la concepción burguesa desde el siglo XVII en adelante, y que menos aún cuestiona su racionalidad instrumental neutralista en el sentido de que el grueso de esa tecnología y de esa ciencia, sin entrar ahora a un debate sobre ambas, puede aplicarse tal cual o apenas con cambios de forma a lo que en ese texto se define por socialismo. Otro ejemplo de esta ineficacia lo tenemos en el texto de I. Andréiev (129), exponente clásico del dogmatismo breshneviano. Dejando de lado las muchas críticas que no podemos hacerles ahora, pero que hay que tener muy presente para saber qué cosas no hay que repetir nunca, sorprende antes que nada que ese grueso texto está oficialmente debatido cuando la productividad de la "economía socialista" comenzaba a caer imparablemente. Todavía más aún, si ahora releemos los tres volúmenes sobre la contemporaneidad del pensamiento de Marx, que resumen la conferencia mundial celebrada en Cuba en 1983 aprovechando el centenario de la muerte del revolucionario alemán, solamente una de las 55 ponencias analiza explícitamente las relaciones entre ciencia y tecnología, pero desde la perspectiva de la guerra, y no llegan a 10 las que de manera más bien indirecta se refieren a los problemas de la tecnología, y siempre dentro de la concepción oficial soviética (130).
Pero no echemos toda la culpa al mal llamado "socialismo soviético" y menos aún a Cuba, ya que es todavía más cierto que la intelectualidad reformista occidental ha hecho mucho menos, prácticamente nada. Un ejemplo estremecedor de esta indiferencia lo tenemos en la trilogía de Manuel Castells, presentada como la obra máxima de la "teoría" socialdemócrata de finales de los noventa, y que no pasa de ser una recopilación superficial y sensacionalista de algunas tendencias del capitalismo actual, pero sin un armazón teórico-crítico interno que cimente todas las partes alrededor de lo genético-estructural de este modo de producción y, lógica e inevitablemente, sin una alternativa eficaz si por tal cosa entendemos algo más que la palabrería democraticista hueca e inútil. Dejando de lado otras cuestiones, en el tema que tratamos llama la atención la total ausencia de una mínima reflexión no sólo sobre el control social que se realiza desde la tecnociencia, sino que ni siquiera roza la fusión entre tecnología y ciencia, imprescindible para comprender la sociedad actual, así, por ejemplo, esa ausencia es clamorosa en el largo capítulo dedicado a la empresa red y a la cultura, instituciones y organizaciones de la economía informacional (131).
Pudiera parecer que en el capítulo dedicado a la evolución de los Estados, el autor se extendiera algo sobre el particular, pero precisamente lo que hace es relativizar el problema al defender una concepción neutralista de las tecnologías: "lo que hace poder de la tecnología es reforzar de forma extraordinaria la tendencia arraigada en la estructura y las instituciones sociales: las sociedades opresivas pueden serlo más con las nuevas herramientas de vigilancia, mientras que las sociedades democráticas y participativas pueden incrementar su apertura y representatividad distribuyendo más el poder político con el poder de la tecnología". Una vez aceptado el dogma burgués de la "neutralidad técnica" las tesis que siguen mantienen la misma tónica: "Más que un "Gran Hermano" opresivo, son una miríada de "hermanas pequeñas" bien intencionadas, que se relacionan con cada uno de nosotros de forma personal porque saben quienes somos. Son ellas las que han invadido todos los ámbitos de la vida". El autor liquida así de un plumazo la centralidad estratégica del Estado y su dependencia última para con el modo de producción capitalista. Es normal, por tanto, que parafraseando a Foucault y Weber sostenga que: "parecería que, en realidad, estamos presenciando la difusión del poder de la vigilancia y violencia (simbólica o física) en la sociedad en general" (132). Sin citar el cemento capitalista, liquidando la centralidad estratégica del Estado ¿qué queda del problema que tratamos más allá de la vacuidad verbal y de la constatación de lo obvio?
Sin embargo, es cierto que desde la izquierda no faltaron estudios críticos que buceaban hasta el nudo gordiano de la obsesión burguesa por el control del tiempo y la intensificación de la explotación. Sin poder entrar ahora a la crítica ecologista, ya expuesta desde una perspectiva socialista entre otros por un colectivo de autores desde comienzos de los setenta (133), y menos aún sin tocar para nada las críticas de la Escuela de Frankfurt y su denuncia de la "razón instrumental", recordemos que también B. Coriat mostró que la obsesión burguesa por introducir la tecnología centralizada y jerárquica en la producción surge, además de otros factores, sobre todo del problema de la duración del plazo de transmisión del valor al producto y de la urgencia por reducir el tiempo de rotación del capital (134). Poco después, B. Easlea presentó su libro que aunque no analizaba directamente la tecnología sí fue un revulsivo crítico al desmitificar la ciencia y con ella la tecnología, sin olvidar el capítulo sobre la URSS (135). El mismo Coriat investigaría la estrecha relación entre el cronómetro y la producción capitalista, entre el reloj y la producción, y lo haría además extrayendo lecciones de las "virtudes de la guerra" de 1914-1918 para la producción de coches en las empresas Renault del Estado francés (136).
En esos años, Manacorda publicaba su imprescindible crítica del ordenador capitalista, insistiendo en la necesidad burguesa por llegar a la información más precisa y al cálculo lo más exacto posible de la productividad de la fuerza de trabajo, del tiempo de duración de ese trabajo y de las disciplinas necesarias para asegurar esa explotación dentro y fuera del centro de trabajo: "El ordenador pasa así a ser el soporte de un sistema de información jerárquico, burocrático y centralizado. La dirección de la información es siempre de la periferia hacia el centro, la integración tiene lugar sólo en el vértice y las ventajas de la relación información-decisión afectan sólo al organismo central" (137). Por no extendernos, recordemos las interesantes aportaciones sobre las tesis sobre nuevas tecnologías, nueva explotación y lucha de clases que se debatieron en otoño de 1983 en Madrid en el centenario de la muerte de Marx (138).
El control social que el ordenador incrementaba ya a finales de los setenta, exigía y permitía que a comienzos de los noventa X. Durán pudiera extender su crítica a las nuevas tecnologías no sólo al uso para entonces clásico de los ordenadores, sino sobre todo al "control de las mentes" (139) que las tecnologías permiten, recordando lo fundamental que es para el poder dominar el pensamiento humano para dominar su comportamiento. Y también se criticó los efectos de la tecnología sobre el saber y el conocimiento, en una denuncia teórica de Bustamante que transcribo por su importancia:
"No es sólo el uso de artefactos tecnológicos lo que disminuye el control sobre nuestra vida creando por el contrario una ilusión de poder. Un caso análogo ocurre con el saber. En teoría, el hombre contemporáneo tiene a su alcance todo el saber científico en forma de enciclopedias, libros de textos, fascículos coleccionables y una literatura científica cuyo volumen ha aumentado geométricamente en las últimas décadas. En la práctica se requiere un extraordinario esfuerzo en términos de años de estudio en la universidad para conocer tan sólo uno de los aspectos fragmentarios de dicho saber, para ser especialista en una parcela minúscula de la ciencia. Por otra parte, Arthur C. Clarke defendía que cuanto más complejas y sofisticadas eran la ciencia y la tecnología, más tendían a confundirse con la magia. Con ello expresaba la ausencia de sabiduría que caracteriza a la forma más extendida de concebir el conocimiento científico-técnico, cuya simple posesión no garantiza una dimensión humana más profunda, ni una ética que nos recomienda en qué dirección y con qué ritmo debe ser empleado. El hombre de la calle es a menudo el último en recibir algún beneficio de todo este proceso, y se va convirtiendo cada vez en mayor medida a una fe que tiene su refrendo en que aquello que se diseña atendiéndose a sus principios funciona en el sentido técnico. El problema está en que el ajuste mecánico, la corrección algorítmica, la cuantificación del saber, poco ayudan cuando imponen modelos de lo que el mundo, la sociedad y el hombre deberían ser y no son" (140).
No debe sorprender por tanto que a mediados de los noventa, en palabras de D. Lyon, se pudiera: "Hablar de una "nueva vigilancia" o discutir las dimensiones de la emergente "sociedad de la vigilancia" no es hiperbólico. El alcance y profundidad de los cambios cuantitativos serían por sí solos suficientes para justificar el uso de este lenguaje sin caer en ningún momento en el determinismo tecnológico. Sin embargo, gran parte de los hechos presentados aquí sugieren con fuerza que tampoco puede descartarse sin más la posibilidad de cambios cualitativos. El surgimiento de redes de vigilancia integradas a través de las fronteras convencionales de la política y la economía, la idea de que una nueva vigilancia desorganizada -es decir, menos jerárquicamente sistemática- es perceptible en el lugar de trabajo, los métodos novedosos con que la vigilancia del consumidor cruza el umbral doméstico y la importancia ubicua del lenguaje electrónico, como se puede ver sobre todo en la dataimagen, todos ellos son indicios de la aparición de situaciones sociales sin precedentes aparentes en la esfera de la vigilancia" (141).
Pero la vigilancia desorganizada se refuerza con otra muy organizada y racionalizada. Ambas requieren del ordenador y ojo electrónico que, a su vez, requieren de una enorme y ágil red centralizada en el Estado y que integra a sistemas paraestatales y extraestatales. Sólo así se comprende a D. Torrente:
"Existe lo que podríamos llamar una ecología policial, una forma como la Policía se adapta de forma efectiva al espacio físico y social. Los espacios son importantes en los procesos de control social. La organización del control y la distribución de los recursos policiales siguen criterios espaciales. El espacio administrativo y físico de la ciudad se incorpora a la organización del control. Se distingue entre calles principales o secundarias, zonas dormitorio, Ayuntamiento, mercados, descampados, zonas industriales, o calles comerciales. Cada uno de proporciona un grado de visibilidad distinto y produce modelos de control diferenciados. En los barrios dormitorio la policía conoce al ciudadano y asocia personas y lugares. El barrio es escenario de una vida callejera intensa de relaciones, paseos, compras. El guardia entra allí en contacto con jóvenes, parados, viejos/as, inválidos/as, amas/os de casa, mendigos/as, gitanos/as, o indigentes. (...) La ubicación y actividad de las personas está pausada con arreglo al rol, género, edad, o posición social. Además, las actividades transcurren en lugares perfectamente diferenciados de descanso, trabajo, compras o diversión. Los ciudadanos hacen lo mismo, a las mismas horas, y en condiciones parecidas. Esos movimientos son cíclicos, y repetitivos en la vida de la urbe. Un/a policía en una esquina busca al que está fuera de contexto" (142).
La microelectrónica ha permitido una multiplicación exponencial de la televigilancia, y la necesidad capitalista de controlarlo y saberlo todo ha hecho que no sólo los Estados incluso más "democráticos" estén creando sistemas de control social altamente sofisticado con presupuestos gigantescos --el primer presupuesto del sistema británico es de 7.000 millones de pts. (143)--, y los más recientes sistemas de conexión en red permiten vigilar múltiples prácticas simultánea o aleatoriamente. Pero, a la vez, la mercantilización de la gran mayoría de esos sistemas o su compra en los mercados alegales o ilegales, permite que cualquier empresa o persona individual sin escrúpulos monte su propio sistema de espionaje. La abundancia de estas intromisiones en la privacidad es tal que L. Gómez se pregunta: "¿Cuántas cámaras nos vigilan? Fuentes del sector de la seguridad privada entienden que "quizás cientos de miles de cámaras". Lo hacen a lo largo de una jornada, tanto en edificios públicos como en establecimientos privados, en la calle, en el aparcamiento, quién sabe dónde" (144).
Pero los desarrollos micrielectrónicos actuales ni son fortuitos ni han surgido recientemente. Al contrario, son el resultados de inmensas masas de capital físico e intelectual invertido durante décadas para, en primer lugar, fortalecer los ejércitos imperialistas y, en segundo lugar, fortalecer la economía capitalista en sus ramas más innovadoras y rentables que, a su vez, están siempre relacionadas con la guerra. La bibliografía es tan apabullante al respecto, que he preferido retroceder más de quince años para dar una idea exacta de los orígenes de la actual tecnología del control social: "Un 20 por ciento de los mejores especialistas se dedican sólo a desarrollar armas nuevas y las tecnologías que las respaldan, o a mejorar las ya existentes. Si sólo se incluye a los físicos e ingenieros, que se encuentran a la cabeza de las innovaciones tecnológicas, el porcentaje es mucho más alto: según algunas estimaciones, nada menos que el 50 por ciento" (145). Es imposible comprender el control y la vigilancia sociales sin conocer antes la naturaleza económico-militar de la institución tecnocientífica que ya a mediados de la década de los ochenta dedicaba el 50% de los físicos e ingenieros a la investigación y desarrollo militar.
La intervención policial necesita, para optimizar su efectividad, de una correspondiente "colaboración ciudadana" que se promueve, excita y lograr, creando y recreando la llama "opinión pública". ¿Cómo se logra? En palabras de Kerckhove:
"Para crear una corriente de opinión, es suficiente con sugerir un tema, pongamos la emigración o el aborto, en la prensa y en la televisión. El paso siguiente consiste en llevar a cabo un estudio de opinión. Con frecuencia los resultados del sondeo inicial no son concluyentes. En ese punto, los media calientan exponiendo y sacando a la luz cualquier historia controvertida que atrape la atención del público. Tales sucesos, en sí mismos, son a menudo triviales y estadísticamente insignificantes. Cuando llega el momento, normalmente después de algún incidente provocativo al que se le ha dado relevancia a través de la televisión o la prensa, se lleva a cabo otra encuesta y se difunde. De repente, las personas piensan que se han convertido en autoridades sobre la materia de la cual no tenían la menor idea un mes ante, y de la que no han recibido ninguna información adicional. Realmente, mucha gente decide por una corazonada y no en función de hechos. Muchos, a menudo aquellos que constituyen el grupo de "no sabe/no contesta", reciben una profunda influencia de lo que otras personas (especialmente personas de prestigio) piensan y dicen. Los votos indecisos, que suelen ser entre el 15 y el 20% del electorado, son fundamentales a la hora del resultado final. Por esta razón se convierten en el objetivo principal de las campañas electorales. Para atraerlos, el truco consiste en dar el peso adecuado, en el momento adecuado y en los medios adecuados, a las opiniones de las personas con poder e influencias" (146).
Me interesa resaltar que el proceso aquí descrito si bien moviliza muchos recursos de control y manipulación, sería imposible si previamente no se hubieran creado determinadas técnicas de codificación, registro y definición de la "realidad social". A. Desrosières ha actualizado la crítica radical de los sistemas de definición de la realidad, demostrando que la evolución de los métodos burgueses ha superado las críticas radicales de los años sesenta y setenta, y de sus formas de resistencia alternativa. Este autor, tras hacer un riguroso seguimiento de la evolución de los métodos de obtener medias, hacer correlaciones, fijar y adecuar las categorías sociales y extraer muestras, afirma que: "En cada una de las cuatro construcciones referidas (...) las convenciones de equivalencia necesarias para el desarrollo de principios de conocimiento están ligadas, de modos muy diversos, a procedimientos estatales o a intentos de movilización social masiva. Estos principios terminan finalmente por convertirse en formas de contribuir a que las cosas se sostengan entre sí. Y estas cosas, recíprocamente, nos habilitan para pensar el mundo social y actuar simultáneamente sobre él de formas inextricables" (147).
Por debajo de la creación manipuladora de la "opinión pública", que en realidad no existe como tal sino como creación desde el poder, según volvió a confirmarlo esta vez Bourdieu (148) a comienzos de los setenta, porque ya se sabía definitivamente desde mediados del siglo XIX, presiona la necesidad de beneficio burgués, que en la actual sociedad capitalista exige un mayor consumo de masas. Así lo explica A. Moncada: "Ese cinismo que se desarrolla en los pueblos acerca de las oscuridades en que los poderes, incluso los democráticos, nos tienen hace que muchos se receten una dita corta en proteínas de la ilustración. Una vez asentada esa tendencia, los grandes grupos no tienen el menor interés en variarla y algunos de ellos, como Disney, se han instalado en el puesto de mando de la operación global. La posibilidad de que los maestros en las aulas, los periodistas en los medios y los críticos en la situación en el ágora pública puedan contrarrestar la tendencia es, con los datos actuales, muy limitada. La fragmentación cultural de la población permite mantener ofertas variadas pero parece bastante claro que la globalización de los mercados favorece la uniformidad del producto principal, esta mezcla de educación, información y entretenimiento que los aligera de las responsabilidades de la ciudadanía y nos acaricia con los placeres del consumo" (149).
Pero los placeres del consumo, además de ser falsos placeres, son también dentro del capitalismo medios de aceleración de la economía y, simultáneamente, medios de control social, de vigilancia. El consumo burgués siempre ha tenido un esencial componente controlador porque quien dirige y orienta la producción, la clase dominante en sí misma, ha de saber qué siente y consume, también que piensa, el consumidor, las clases dominadas fundamentalmente. En la medida en que aumenta el capitalismo, este componente controlador se expande precisamente gracias a la tecnociencia, además de a otros instrumentos que no podemos analizar ahora. Un crítico tan blandibluff como I. Ramonet lo expresa así:
"Cuando usted encarga cualquier cosa por Internet, usted va dejando una huella de quien es usted. Usted va dejando su propio retrato robot. Es decir, que al cabo de cierto tiempo --y si además paga usted con tarjeta, lo cual es actualmente desaconsejable porque los sistemas de pago no están totalmente asegurados-- se va a identificar el número de su tarjeta con el tipo de consumos que usted hace, de cualquier tipo: qué tipo de vacaciones, qué tipo de cosas le gusta comer, qué tipo de distracciones prefiere, qué tipo de películas ve, qué música le gusta oír, etc. Y poco a poco usted está dibujando su propio retrato robot (...) La idea es vigilar, para tener el retrato robot. Pero también anunciar...y, esencialmente, se tratará de vender. Es decir que lo que antes era educar, informar, distraer, ahora es vigilar, anunciar y vender" (150).
De cualquier modo, por rigor teórico, hay que insistir en que las relaciones entre control social, propaganda, manipulación y desarrollo técnico y tecnociencia existen en sus diferentes relaciones contextuales desde los "primeros intentos de jerarquización social" (151), como demuestra brillantemente M. V. Reyzábal. Interesa no perder de vista esta perspectiva histórica que nos remite a los orígenes de la explotación porque con tanto ruido y charlatanería sobre múltiples "globalizaciones" podemos terminar creyéndonos los cantos de sirena de que, al fin y al cabo, lo decisivo no es la materialidad de la opresión sino la inmaterialidad de la información, o si se quiere, de lo intangible.
(118) Karl Marx: "El Capital". FCE, México, 1973, Libro I, págs. 302-424.
(119) Ignasi Brunet y Antonio Morell: "Clases, educación y trabajo". Editorial Trotta, Madrid 1998, págs 411-492.
(120) Pierre Thuillier: "Las pasiones del conocimiento". Alianza Universal. Madrid 1992, pág 132.
(121) Lewis Mumford: "Técnica y civilización". Ops. Cit. Volumen II, pág. 411.
(122) John D. Bernal: "La libertad de la necesidad". Edit. Ayuso. Madrid 1975. Págs. 139-197.
(123) J. M. Fatáliev: "Marxismo-leninismo y ciencias naturales", Ediciones Pueblos Unidos, Montevideo 1965.
(124) Samuel Lilley: "Hombres, máquinas e historia". Artiach Editorial, Madrid 1973.
(125) Radovan Richta (coord.): "La civilización en la encrucijada". Edit. Ayuso, Madrid 1974.
(126) Thomas Khun: "La estructura de las revoluciones científicas", FCE, México 1971.
(127) Paul K. Feyerabend: "Contra el método", Ariel, Barcelona 1974.
(128) AA.VV: "La revolución científico-técnica y las contradicciones del capitalismo". Edit. Progreso. Moscú 1981.
(129) I. Andréiev: "La ciencia y el progreso social". Edit. Progreso. Moscú, 1979, págs 240-246.
(130) AA.VV: "Marx y la contemporaneidad". Edit. Ciencia Sociales. La Habana, 1987 III volúmenes.
(131) Manuel Castells: "La era de la información. Economía, sociedad y cultura". Alianza Editorial, Madrid 1997, Vol. 1, págs 179-227.
(132) Manuel Castells: "La era de la información". Ops. Cit. Págs 329-333.
(133) M. Barratt Brown, T. Emerson y C. Stoneman (eds.): "Recursos y medio ambiente: Una perspectiva socialista". Edit. GG. Barcelona 1978.
(134) Benjamin Coriat: "Ciencia, técnica y capital", Blume, Madrid 1976, págs. 122-135.
(135) Brian Easlea: "La liberación social y los objetivos de la ciencia". Siglo XXI. Madrid 1977. Págs. 301-332.
(136) Benjamin Coriat: "El taller y el cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa". Siglo XXI. Madrid 1982, págs. 38-40.
(137) Paola M. Manacorda: "El ordenador del capital. Razón y mito de la informática". Blume. Madrid 1982, pág. 145.
(138) Román Reyes (ed.): "Cien años después de Marx. Ciencia y marxismo". Akal. Madrid 1986, págs. 533-596.
(139) Xabier Durán: "Las encrucijadas de la utopía". Edit. Labor, Madrid 1993, págs. 120-130.
(140) Javier Bustamante: "Sociedad Informatizada ¿Sociedad deshumanizada? Una visión crítica de la influencia de la tecnología sobre la sociedad en la era del computador". Gaia, Madrid 1993, pág. 173.
(141) David Lyon: "El ojo electrónico. El auge de la sociedad de la vigilancia". Alianza. Madrid 1996. Pág 235.
(142) Diego Torrente: "Autoridad y racionalidad. Organización y lógica social del control policial". En Sistema, nº 139, Madrid julio 1997, pág. 74-75.
(143) Lourdes Gómez: El País nº 1.460, 2 de mayo 2000.
(144) Luis Gómez: "El espionaje al alcance de todos". El País. Nº 1.479, 21 mayo 2000.
(145) Frank Barnaby: "La guerra del futuro". Círculo, Barcelona 1985, pág 56.
(146) Derrick de Kerckhove: "La piel de la cultura. Investigando la nueva realidad electrónica". Gedisa, Barcelona 1999, pág. 240.
(147) Alain Desrosières: "¿Cómo fabricar cosas que se sostengan entre sí? Las ciencias sociales, la estadística y el Estado", en "El Cuento de la Ciencia". Revista Archipiélago, nº 20, Madrid 1995, pág. 31.
(148) Pierre Bourdieu: "La opinión pública no existe". En "Cuestiones de sociología". Istmo. Madrid 2000, págs. 220-232.
(149) Alberto Moncada: "Manipulación mediática. Educar, informar o entretener". Edic. Libertarias. Madrid 2000, pág. 144.
(150) Ignacio Ramonet: "La tecnología: revolución o reforma. El caso de la información". Hiru Argitaletxea, Hondarribia, 2000, págs 37-38.
(151) María Victoria Reyzábal: "Propaganda y manipulación". Acento Editorial, Madrid 1999, pág. 81.